viernes, 8 de junio de 2018

Capítulo noveno ESPIRITUALIDAD MATRIMONIAL Y FAMILIAR (313-316)



Capítulo noveno
ESPIRITUALIDAD MATRIMONIAL Y FAMILIAR
313. La caridad adquiere matices diferentes, según el estado de vida al cual cada uno haya sido llamado. Hace ya varias décadas, cuando el Concilio Vaticano II se refería al apostolado de los laicos, destacaba la espiritualidad que brota de la vida familiar. Decía que la espiritualidad de los laicos «debe asumir características peculiares por razón del estado de matrimonio y de familia»[367] y que las preocupaciones familiares no deben ser algo ajeno «a su estilo de vida espiritual»[368]. Entonces vale la pena que nos detengamos brevemente a describir algunas notas fundamentales de esta espiritualidad específica que se desarrolla en el dinamismo de las relaciones de la vida familiar.

Espiritualidad de la comunión sobrenatural
314. Siempre hemos hablado de la inhabitación divina en el corazón de la persona que vive en gracia. Hoy podemos decir también que la Trinidad está presente en el templo de la comunión matrimonial. Así como habita en las alabanzas de su pueblo (cf. Sal22,4), vive íntimamente en el amor conyugal que le da gloria.

315. La presencia del Señor habita en la familia real y concreta, con todos sus sufrimientos, luchas, alegrías e intentos cotidianos. Cuando se vive en familia, allí es difícil fingir y mentir, no podemos mostrar una máscara. Si el amor anima esa autenticidad, el Señor reina allí con su gozo y su paz. La espiritualidad del amor familiar está hecha de miles de gestos reales y concretos. En esa variedad de dones y de encuentros que maduran la comunión, Dios tiene su morada. Esa entrega asocia «a la vez lo humano y lo divino»[369], porque está llena del amor de Dios. En definitiva, la espiritualidad matrimonial es una espiritualidad del vínculo habitado por el amor divino.

316. Una comunión familiar bien vivida es un verdadero camino de santificación en la vida ordinaria y de crecimiento místico, un medio para la unión íntima con Dios. Porque las exigencias fraternas y comunitarias de la vida en familia son una ocasión para abrir más y más el corazón, y eso hace posible un encuentro con el Señor cada vez más pleno. Dice la Palabra de Dios que «quien aborrece a su hermano está en las tinieblas» (1 Jn 2,11), «permanece en la muerte» (1 Jn 3,14) y «no ha conocido a Dios» (1 Jn4,8). Mi predecesor Benedicto XVI ha dicho que «cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios»[370], y que el amor es en el fondo la única luz que «ilumina constantemente a un mundo oscuro»[371]. Sólo «si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud» (1 Jn 4,12). Puesto que «la persona humana tiene una innata y estructural dimensión social»[372], y «la expresión primera y originaria de la dimensión social de la persona es el matrimonio y la familia»[373], la espiritualidad se encarna en la comunión familiar. Entonces, quienes tienen hondos deseos espirituales no deben sentir que la familia los aleja del crecimiento en la vida del Espíritu, sino que es un camino que el Señor utiliza para llevarles a las cumbres de la unión mística.

[367] Decr. Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado de los laicos, 4.
[368] Ibíd.
[369] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 49.
[370] Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 16: AAS 98 (2006), 230.
[371] Ibíd., 39: AAS 98 (2006), 250.
[372] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsin. Christifideles laici (30 diciembre 1988), 40: AAS 81 (1989), 468.
[373] Ibíd.

La lógica de la misericordia pastoral (307-312)


La lógica de la misericordia pastoral
307. Para evitar cualquier interpretación desviada, recuerdo que de ninguna manera la Iglesia debe renunciar a proponer el ideal pleno del matrimonio, el proyecto de Dios en toda su grandeza: «Es preciso alentar a los jóvenes bautizados a no dudar ante la riqueza que el sacramento del matrimonio procura a sus proyectos de amor, con la fuerza del sostén que reciben de la gracia de Cristo y de la posibilidad de participar plenamente en la vida de la Iglesia»[354]. La tibieza, cualquier forma de relativismo, o un excesivo respeto a la hora de proponerlo, serían una falta de fidelidad al Evangelio y también una falta de amor de la Iglesia hacia los mismos jóvenes. Comprender las situaciones excepcionales nunca implica ocultar la luz del ideal más pleno ni proponer menos que lo que Jesús ofrece al ser humano. Hoy, más importante que una pastoral de los fracasos es el esfuerzo pastoral para consolidar los matrimonios y así prevenir las rupturas.

308. Pero de nuestra conciencia del peso de las circunstancias atenuantes —psicológicas, históricas e incluso biológicas— se sigue que, «sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día», dando lugar a «la misericordia del Señor que nos estimula a hacer el bien posible»[355]. Comprendo a quienes prefieren una pastoral más rígida que no dé lugar a confusión alguna. Pero creo sinceramente que Jesucristo quiere una Iglesia atenta al bien que el Espíritu derrama en medio de la fragilidad: una Madre que, al mismo tiempo que expresa claramente su enseñanza objetiva, «no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino»[356]. Los pastores, que proponen a los fieles el ideal pleno del Evangelio y la doctrina de la Iglesia, deben ayudarles también a asumir la lógica de la compasión con los frágiles y a evitar persecuciones o juicios demasiado duros o impacientes. El mismo Evangelio nos reclama que no juzguemos ni condenemos (cf. Mt 7,1; Lc 6,37). Jesús «espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura. Cuando lo hacemos, la vida siempre se nos complica maravillosamente»[357].

309. Es providencial que estas reflexiones se desarrollen en el contexto de un Año Jubilar dedicado a la misericordia, porque también frente a las más diversas situaciones que afectan a la familia, «la Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona. La Esposa de Cristo hace suyo el comportamiento del Hijo de Dios que sale a encontrar a todos, sin excluir ninguno»[358]. Sabe bien que Jesús mismo se presenta como Pastor de cien ovejas, no de noventa y nueve. Las quiere todas. A partir de esta consciencia, se hará posible que «a todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros»[359].

310. No podemos olvidar que «la misericordia no es sólo el obrar del Padre, sino que ella se convierte en el criterio para saber quiénes son realmente sus verdaderos hijos. Así entonces, estamos llamados a vivir de misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia»[360]. No es una propuesta romántica o una respuesta débil ante el amor de Dios, que siempre quiere promover a las personas, ya que «la misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia»[361]. Es verdad que a veces «nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas»[362].

311. La enseñanza de la teología moral no debería dejar de incorporar estas consideraciones, porque, si bien es verdad que hay que cuidar la integridad de la enseñanza moral de la Iglesia, siempre se debe poner especial cuidado en destacar y alentar los valores más altos y centrales del Evangelio[363], particularmente el primado de la caridad como respuesta a la iniciativa gratuita del amor de Dios. A veces nos cuesta mucho dar lugar en la pastoral al amor incondicional de Dios[364]. Ponemos tantas condiciones a la misericordia que la vaciamos de sentido concreto y de significación real, y esa es la peor manera de licuar el Evangelio. Es verdad, por ejemplo, que la misericordia no excluye la justicia y la verdad, pero ante todo tenemos que decir que la misericordia es la plenitud de la justicia y la manifestación más luminosa de la verdad de Dios. Por ello, siempre conviene considerar «inadecuada cualquier concepción teológica que en último término ponga en duda la omnipotencia de Dios y, en especial, su misericordia»[365].

312. Esto nos otorga un marco y un clima que nos impide desarrollar una fría moral de escritorio al hablar sobre los temas más delicados, y nos sitúa más bien en el contexto de un discernimiento pastoral cargado de amor misericordioso, que siempre se inclina a comprender, a perdonar, a acompañar, a esperar, y sobre todo a integrar. Esa es la lógica que debe predominar en la Iglesia, para «realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales»[366]. Invito a los fieles que están viviendo situaciones complejas, a que se acerquen con confianza a conversar con sus pastores o con laicos que viven entregados al Señor. No siempre encontrarán en ellos una confirmación de sus propias ideas o deseos, pero seguramente recibirán una luz que les permita comprender mejor lo que les sucede y podrán descubrir un camino de maduración personal. E invito a los pastores a escuchar con afecto y serenidad, con el deseo sincero de entrar en el corazón del drama de las personas y de comprender su punto de vista, para ayudarles a vivir mejor y a reconocer su propio lugar en la Iglesia.

[354] Relatio synodi 2014, 26.
[355] Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 44: AAS 105 (2013), 1038.
[356] Ibíd., 45: AAS 105 (2013), 1039.
[357] Ibíd., 270: AAS 105 (2013), 1128.
[358] Bula Misericordiae vultus (11 abril 2015), 12: AAS 107 (2015), 407.
[359] Ibíd., 5: 402
[360] Ibíd., 9: 405.
[361] Ibíd.,10: 406.
[362] Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 47: AAS 105 (2013), 1040.
[363] Cf. ibíd., 36-37: AAS 105 (2013), 1035.
[364] Quizás por escrúpulo, oculto detrás de un gran deseo de fidelidad a la verdad, algunos sacerdotes exigen a los penitentes un propósito de enmienda sin sombra alguna, con lo cual la misericordia se esfuma debajo de la búsqueda de una justicia supuestamente pura. Por ello, vale la pena recordar la enseñanza de san Juan Pablo II, quien afirmaba que la previsibilidad de una nueva caída «no prejuzga la autenticidad del propósito»: Carta al Card. William W. Baum y a los participantes del curso anual sobre el fuero interno organizado por la Penitenciaría Apostólica (22 marzo 1996), 5: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 5 de abril de 1996, p. 4
[365] Comisión Teológica Internacional, La esperanza de salvación para los niños que mueren sin bautismo (19 abril 2007), 2.
[366] Bula Misericordiae vultus (11 abril 2015), 15: AAS 107 (2015), 409.

Normas y discernimiento (304-306)


304. Es mezquino detenerse sólo a considerar si el obrar de una persona responde o no a una ley o norma general, porque eso no basta para discernir y asegurar una plena fidelidad a Dios en la existencia concreta de un ser humano. Ruego encarecidamente que recordemos siempre algo que enseña santo Tomás de Aquino, y que aprendamos a incorporarlo en el discernimiento pastoral: «Aunque en los principios generales haya necesidad, cuanto más se afrontan las cosas particulares, tanta más indeterminación hay [...] En el ámbito de la acción, la verdad o la rectitud práctica no son lo mismo en todas las aplicaciones particulares, sino solamente en los principios generales; y en aquellos para los cuales la rectitud es idéntica en las propias acciones, esta no es igualmente conocida por todos [...] Cuanto más se desciende a lo particular, tanto más aumenta la indeterminación»[347]. Es verdad que las normas generales presentan un bien que nunca se debe desatender ni descuidar, pero en su formulación no pueden abarcar absolutamente todas las situaciones particulares. Al mismo tiempo, hay que decir que, precisamente por esa razón, aquello que forma parte de un discernimiento práctico ante una situación particular no puede ser elevado a la categoría de una norma. Ello no sólo daría lugar a una casuística insoportable, sino que pondría en riesgo los valores que se deben preservar con especial cuidado[348].

305. Por ello, un pastor no puede sentirse satisfecho sólo aplicando leyes morales a quienes viven en situaciones «irregulares», como si fueran piedras que se lanzan sobre la vida de las personas. Es el caso de los corazones cerrados, que suelen esconderse aun detrás de las enseñanzas de la Iglesia «para sentarse en la cátedra de Moisés y juzgar, a veces con superioridad y superficialidad, los casos difíciles y las familias heridas»[349]. En esta misma línea se expresó la Comisión Teológica Internacional: «La ley natural no debería ser presentada como un conjunto ya constituido de reglas que se imponen a priori al sujeto moral, sino que es más bien una fuente de inspiración objetiva para su proceso, eminentemente personal, de toma de decisión»[350]. A causa de los condicionamientos o factores atenuantes, es posible que, en medio de una situación objetiva de pecado —que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno— se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia[351]. El discernimiento debe ayudar a encontrar los posibles caminos de respuesta a Dios y de crecimiento en medio de los límites. Por creer que todo es blanco o negro a veces cerramos el camino de la gracia y del crecimiento, y desalentamos caminos de santificación que dan gloria a Dios. Recordemos que «un pequeño paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida exteriormente correcta de quien transcurre sus días sin enfrentar importantes dificultades»[352]. La pastoral concreta de los ministros y de las comunidades no puede dejar de incorporar esta realidad.

306. En cualquier circunstancia, ante quienes tengan dificultades para vivir plenamente la ley divina, debe resonar la invitación a recorrer la via caritatis. La caridad fraterna es la primera ley de los cristianos (cf. Jn 15,12; Ga 5,14). No olvidemos la promesa de las Escrituras: «Mantened un amor intenso entre vosotros, porque el amor tapa multitud de pecados» (1 P 4,8); «expía tus pecados con limosnas, y tus delitos socorriendo los pobres» (Dn 4,24). «El agua apaga el fuego ardiente y la limosna perdona los pecados» (Si 3,30). Es también lo que enseña san Agustín: «Así como, en peligro de incendio, correríamos a buscar agua para apagarlo [...] del mismo modo, si de nuestra paja surgiera la llama del pecado, y por eso nos turbamos, cuando se nos ofrezca la ocasión de una obra llena de misericordia, alegrémonos de ella como si fuera una fuente que se nos ofrezca en la que podamos sofocar el incendio»[353].

[347] Summa Theologiae I-II, q. 94, a. 4.
[348] En otro texto, refiriéndose al conocimiento general de la norma y al conocimiento particular del discernimiento práctico, santo Tomás llega a decir que «si no hay más que uno solo de los dos conocimientos, es preferible que este sea el conocimiento de la realidad particular que se acerca más al obrar»: Tomás de Aquino, Sententia libri Ethicorum, VI, 6 (ed. Leonina, t. XLVII, 354).
[349] Discurso en la clausura de la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (24 octubre 2015): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 30 de octubre de 2015, p. 4.
[351] En ciertos casos, podría ser también la ayuda de los sacramentos. Por eso, «a los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor»: Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 44: AAS 105 (2013), 1038. Igualmente destaco que la Eucaristía «no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles» ( ibíd, 47: 1039).
[352] Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 44: AAS 105 (2013), 1038-1039.
[353] De catechizandis rudibus, 1, 14, 22: PL 40, 327; cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 193: AAS 105 (2013), 1101.

COMENTARIOS CONVENIENTES DE LA AMORIS LAETITITA (III)


El discernimiento ignaciano: entrar en la mentalidad de Dios

La mentalidad de los judíos en la época de Jesucristo era que ya que los Mandamientos de la Ley de Dios eran de observancia obligatoria, Dios juzgaría con el mismo rasero inflexible a todos los hombres, es decir, con rigurosa igualdad, sin la menor diferencia. Jesucristo ya desde entonces les enseñó que no era así. En respaldo de esto, el hombre, a lo largo de los siglos ha ido descubriendo que cada uno de nosotros somos “un ser único e irrepetible, con fortalezas y debilidades”.

Maestro indiscutible del “discernimiento de espíritus” fue san Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús y que mejor que un Papa jesuita para popularizar esta práctica dentro de la praxis pastoral.

La Exhortación Amoris Laetitia es una maravillosa invitación a abrazar la complejidad de la vida con todas sus luces y sus sombras, para iniciar procesos antes que juicios. Este enfoque no significa caer en un relativismo. Al contrario, nos regresa al centro de la fe cristiana, a la praxis de Jesús de Nazaret, cuya misericordia nos invita al discernimiento continuo de cada situación y cada historia de vida. El discernimiento, lejos de ser un “arte” usado por algunos pocos, es el corazón mismo de la vida cristiana y su espiritualidad. Al discernir, recuerda el Papa Francisco, “la vida se nos complica maravillosamente” (Amoris Laetitia 308), pues ella es don y tarea, gracia y fatiga, providencia y libertad.

Esto no lleva a una nueva normativa general de tipo canónica, aplicable a todos los casos. Sino a un responsable discernimiento personal y pastoral de los casos particulares, que debería reconocer que, puesto que «el grado de responsabilidad no es igual en todos los casos», por lo que las consecuencias o efectos de una norma no necesariamente deben ser siempre las mismas (Amoris Laetitia 336). Los presbíteros tienen la tarea de «acompañar a las personas interesadas en el camino del discernimiento de acuerdo a la enseñanza de la Iglesia y las orientaciones del Obispo.

COMENTARIOS CONVENIENTES DE LA AMORIS LAETITIA (II)


Conciencia y discernimiento
(Antes de pasar al punto 303, haremos unos breves comentarios sobre el discernimiento).
1.1 Discernimiento en el Nuevo Testamento
En esta primera exposición acudo a los textos del Nuevo Testamento que hacen referencia al discernimiento, prácticamente todos en las cartas de San Pablo. Estos textos se refieren al obrar moral del cristiano, para lo cual conviene recordar primero, cómo entiende San Pablo al ser humano según el plan de Dios que es la divinización del mismo, para lo cual es creado en y por Cristo, es luego constituido en hijo de Dios por la gracia santificante, y es destinado a la divinización plena y definitiva al compartir la resurrección de Cristo en la gloria eterna. Para lograr este plan de divinización, el cristiano obra moralmente el bien siguiendo su conciencia y eligiéndolo con su libertad. La conciencia del cristiano es guiada por el Espíritu Santo para lo cual debe realizar un discernimiento permanente y los textos paulinos explican en qué consiste este discernimiento y cómo sucede en el obrar moral cristiano, hasta lograr identificar la voluntad de Dios que es el amor al prójimo. San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales muestra cómo proceder a un correcto discernimiento.

1.2 Discernimiento en la Moral del Concilio Vaticano II
Siguiendo los textos paulinos sobre la conciencia, aparecen claras las tres funciones de la conciencia: el conocer, el juzgar y el discernir o seleccionar lo que el Espíritu Santo propone como la voluntad de Dios. El Concilio muestra qué es la conciencia cristiana y cómo el Espíritu Santo obra en ella. Así establece el principio fundamental de la Moral cristiana: la obligación de seguir siempre la propia conciencia y cómo, aunque la conciencia de alguien se considere errónea desde fuera, el cristiano tiene la obligación de seguirla y su salvación, como la de todo ser humano, depende de su fidelidad en el seguimiento de la propia conciencia contextualizada en sus propias circunstancias. La conciencia siempre actúa con referencia a los valores y el orden objetivo de la moralidad, pero en cada conciencia está presente la Gracia y el Espíritu Santo que señala cuál es la voluntad de Dios. Para captar estos señalamientos es indispensable el discernimiento de los valores y de la aplicación de la ley natural a cada situación particular. Según la doctrina tradicional de la Iglesia, la conciencia de cada persona tiene que ser respetada y no se puede obligar a nadie a obrar en contra de lo que su conciencia le indique, pues todo ser humano es juzgado por Dios por el seguimiento de su conciencia.

1.3 Discernimiento en la Exhortación Apostólica postsinodal Amoris Laetitia
Lo primero en esta exposición es contextualizar la Exhortación como acogida y confirmación del trabajo de los Obispos en el Sínodo Extraordinario de 2014 y del Ordinario de 2015, haciendo hincapié en el carácter de Magisterio Pontificio de este documento en contra de lo expresado por sus opositores que afirman que se trata de simples opiniones personales del Papa Francisco. A continuación, se analizan los elementos que el Papa propone como constitutivos del discernimiento: su referencia a las situaciones concretas de las personas, teniendo en cuenta su sufrimiento, la necesidad de referencia a la Palabra de Dios, la aplicabilidad pastoral a la situación de los divorciados vueltos a casar, y la necesidad indispensable de un acompañamiento personal. Esto supuesto, se analizan los dos aspectos básicos del discernimiento en el capítulo VIII de Amoris Laetitia: primero, el punto de partida doctrinal consistente en que las situaciones llamadas irregulares pueden evolucionar hacia el sacramento del matrimonio, y segundo, el principio general para el discernimiento de las situaciones irregulares. Posteriormente se analizan los elementos fundamentales del discernimiento para estas situaciones. Finalmente se muestra cómo el Papa procede a la aplicación de la doctrina moral tradicional posconciliar de la Iglesia a las situaciones irregulares, mirando las causas atenuantes o eximentes de responsabilidad y culpabilidad subjetiva, la prevalencia de la conciencia individual de los fieles, el discernimiento responsable del pastor que acompaña una conciencia individual, la prevalencia del discernimiento práctico de cada conciencia según su situación particular, la posibilidad de que una persona pueda estar en una situación objetiva de pecado (no subjetivamente culpable o no de modo pleno) y vivir simultáneamente en gracia, lo que permitiría en ciertos casos ayudar con los sacramentos al crecimiento de personas en estas situaciones dentro de sus propios límites.


COMENTARIOS DE LA AMORIS LAETITIA MUY CONVENIENTES (1)


"No demos nunca a nada ni a nadie por perdido" (Papa Francisco)

El objetivo de estos Sínodos convocados por el Papa Francisco quedó hermosamente expresado en el número 89 de la Exhortación Postsinodal Amoris Laetitia: “no podremos alentar un camino de fidelidad y de entrega recíproca si no estimulamos el crecimiento, la consolidación y la profundización del amor conyugal y familiar”. En esta perspectiva, todo el documento se fundamenta en tres palabras claves que se deben entender como un contenido programático de toda pastoral: “acompañar, discernir, integrar”. Y estas se aplican según la llamada ley de "gradualidad". Podemos leer tres textos que nos iluminan en este sentido:
Amoris Laetitia 291: "Los Padres sinodales han expresado que, aunque la Iglesia entiende que toda ruptura del vínculo matrimonial «va contra la voluntad de Dios, también es consciente de la fragilidad de muchos de sus hijos». Iluminada por la mirada de Jesucristo, «mira con amor a quienes participan en su vida de modo incompleto, reconociendo que la gracia de Dios también obra en sus vidas, dándoles la valentía para hacer el bien, para hacerse cargo con amor el uno del otro y estar al servicio de la comunidad en la que viven y trabajan». Por otra parte, esta actitud se ve fortalecida en el contexto de un Año Jubilar dedicado a la misericordia. Aunque siempre propone la perfección e invita a una respuesta más plena a Dios, «la Iglesia debe acompañar con atención y cuidado a sus hijos más frágiles, marcados por el amor herido y extraviado, dándoles de nuevo confianza y esperanza, como la luz del faro de un puerto o de una antorcha llevada en medio de la gente para iluminar a quienes han perdido el rumbo o se encuentran en medio de la tempestad». No olvidemos que, a menudo, la tarea de la Iglesia se asemeja a la de un hospital de campaña".
Amoris Laetitia 294: "Pero «es preciso afrontar todas estas situaciones de manera constructiva, tratando de transformarlas en oportunidad de camino hacia la plenitud del matrimonio y de la familia a la luz del Evangelio. Se trata de acogerlas y acompañarlas con paciencia y delicadeza». Es lo que hizo Jesús con la samaritana (cf. Jn 4,1-26): dirigió una palabra a su deseo de amor verdadero, para liberarla de todo lo que oscurecía su vida y conducirla a la alegría plena del Evangelio".
Amoris Laetitia 295"En esta línea, san Juan Pablo II proponía la llamada «ley de gradualidad» con la conciencia de que el ser humano «conoce, ama y realiza el bien moral según diversas etapas de crecimiento». No es una «gradualidad de la ley», sino una gradualidad en el ejercicio prudencial de los actos libres en sujetos que no están en condiciones sea de comprender, de valorar o de practicar plenamente las exigencias objetivas de la ley. Porque la ley es también don de Dios que indica el camino, don para todos sin excepción que se puede vivir con la fuerza de la gracia, aunque cada ser humano «avanza gradualmente con la progresiva integración de los dones de Dios y de las exigencias de su amor definitivo y absoluto en toda la vida personal y social»". 
El fruto de este proceso sinodal estuvo basado en la escucha atenta y el diálogo sincero entre los participantes. El Papa, repetidas veces abogó por tal clima, pidiendo que se hablaran “las cosas claras”. Pero esta actitud de escucha no se limitó al aula sinodal. Por primera vez se realizó un cuestionario que debía llegar a las conferencias episcopales y a las parroquias. Este cuestionario debía ser respondido por cada Iglesia local. La voz de los fieles también era importante. Los pastores debían interpretar y transmitir las alegrías y las preocupaciones de las Iglesias locales. Como si eso no bastase, se invitaron a familias y a expertos a participar en el Sínodo Ordinario del 2014. La voz de los fieles y su sentir debían ser considerados. La novedad de este proceso sinodal se entiende a la luz de la puesta en práctica del espíritu del Concilio Vaticano II, lo cual se pudo percibir a lo largo del diálogo presente en todas las discusiones.
Tres puntos resumen la originalidad de esta exhortación post-sinodal. PRIMERO, llama a la Iglesia a despertar a una “creatividad misionera”, en lugar de colocarse a la defensiva (cfr. Amoris Laetitia 57). Subyace el modelo de una Iglesia en salida que quiere aprender y crecer como discípula a la luz del seguimiento de Jesús. Una Iglesia samaritana que se nutre de la misericordia y se entiende, ella misma, en necesidad de una conversión permanente. SEGUNDO, se invitó a no reducir la complejidad de los temas y las tareas por hacer. Vivimos un cambio de época y no existen recetas fáciles que puedan ser aplicables a todos los casos por igual. Hay que tomar en cuenta las condiciones concretas de cada persona y aplicar la ley de la gradualidad pastoral (cfr. A.L 289). La Exhortación es una maravillosa invitación a abrazar la complejidad de la vida con todas sus luces y sus sombras, para iniciar procesos antes que juicios. Este enfoque no significa caer en un relativismo. Al contrario, nos regresa al centro de la fe cristiana, a la praxis de Jesús de Nazaret, cuya misericordia nos invita al discernimiento continuo de cada situación y cada historia de vida. El discernimiento, lejos de ser un “arte” usado por algunos pocos, es el corazón mismo de la vida cristiana y su espiritualidad. Al discernir, recuerda el Papa Francisco, “la vida se nos complica maravillosamente” (Amoris Laetitia 308), pues ella es don y tarea, gracia y fatiga, providencia y libertad.
El TERCER criterio lo podemos expresar usando una idea desarrollada en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium: “La Iglesia no es una aduana, es la casa paterna/materna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas (Evangelii Gaudium 47). Lejos de cambiar y modificar doctrinas o formas vigentes de celebración de los sacramentos, el Papa Francisco nos está invitando a reformar nuestras mentalidades, a convertirnos y cambiar nuestra forma de aproximarnos y convivir con los otros/as, pues esa complejidad que nace del vivir juntos es lo que caracteriza a una auténtica vida humana.
Amoris Laetitia es una invitación a abrir espacios de participación, a confiar en la gracia de Dios que no descarta ni abandona a nadie y a emprender un camino de acogida e integración de todos aquellos que no participan hoy en la vida de nuestras casas, de nuestras familias o comunidades por tantos prejuicios que nos acechan. Como ha dicho Francisco: “no demos nunca a nada ni a nadie por perdido”. Por ello, antes de ser el hermano mayor de la parábola del hijo pródigo, seamos seguidores de Jesús, de su praxis misericordiosa, movidos por aquél que tocó a los que la Ley impedía tocar, que comió junto a los que muchos no podían aceptar, y que sanó a quienes la Ley daba por impuros y perdidos.

Circunstancias atenuantes en el discernimiento pastoral (301-303)



301. Para entender de manera adecuada por qué es posible y necesario un discernimiento especial en algunas situaciones llamadas «irregulares», hay una cuestión que debe ser tenida en cuenta siempre, de manera que nunca se piense que se pretenden disminuir las exigencias del Evangelio. La Iglesia posee una sólida reflexión acerca de los condicionamientos y circunstancias atenuantes. Por eso, ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada «irregular» viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante. Los límites no tienen que ver solamente con un eventual desconocimiento de la norma. Un sujeto, aun conociendo bien la norma, puede tener una gran dificultad para comprender «los valores inherentes a la norma»[339] o puede estar en condiciones concretas que no le permiten obrar de manera diferente y tomar otras decisiones sin una nueva culpa. Como bien expresaron los Padres sinodales, «puede haber factores que limitan la capacidad de decisión»[340]. Ya santo Tomás de Aquino reconocía que alguien puede tener la gracia y la caridad, pero no poder ejercitar bien alguna de las virtudes[341], de manera que aunque posea todas las virtudes morales infusas, no manifiesta con claridad la existencia de alguna de ellas, porque el obrar exterior de esa virtud está dificultado: «Se dice que algunos santos no tienen algunas virtudes, en cuanto experimentan dificultad en sus actos, aunque tengan los hábitos de todas las virtudes»[342].

302. Con respecto a estos condicionamientos, el Catecismo de la Iglesia Católica se expresa de una manera contundente: «La imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas a causa de la ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, los afectos desordenados y otros factores psíquicos o sociales»[343]. En otro párrafo se refiere nuevamente a circunstancias que atenúan la responsabilidad moral, y menciona, con gran amplitud, «la inmadurez afectiva, la fuerza de los hábitos contraídos, el estado de angustia u otros factores psíquicos o sociales»[344]. Por esta razón, un juicio negativo sobre una situación objetiva no implica un juicio sobre la imputabilidad o la culpabilidad de la persona involucrada[345]. En el contexto de estas convicciones, considero muy adecuado lo que quisieron sostener muchos Padres sinodales: «En determinadas circunstancias, las personas encuentran grandes dificultades para actuar en modo diverso [...] El discernimiento pastoral, aun teniendo en cuenta la conciencia rectamente formada de las personas, debe hacerse cargo de estas situaciones. Tampoco las consecuencias de los actos realizados son necesariamente las mismas en todos los casos»[346].

303. A partir del reconocimiento del peso de los condicionamientos concretos, podemos agregar que la conciencia de las personas debe ser mejor incorporada en la praxis de la Iglesia en algunas situaciones que no realizan objetivamente nuestra concepción del matrimonio. Ciertamente, que hay que alentar la maduración de una conciencia iluminada, formada y acompañada por el discernimiento responsable y serio del pastor, y proponer una confianza cada vez mayor en la gracia. Pero esa conciencia puede reconocer no sólo que una situación no responde objetivamente a la propuesta general del Evangelio. También puede reconocer con sinceridad y honestidad aquello que, por ahora, es la respuesta generosa que se puede ofrecer a Dios, y descubrir con cierta seguridad moral que esa es la entrega que Dios mismo está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites, aunque todavía no sea plenamente el ideal objetivo. De todos modos, recordemos que este discernimiento es dinámico y debe permanecer siempre abierto a nuevas etapas de crecimiento y a nuevas decisiones que permitan realizar el ideal de manera más plena.

[339] Juan Pablo II, Exhort. ap. Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 33: AAS 74 (1982), 121.
[340] Relación final 2015, 51.
[341] Cf. Summa Theologiae I-II, q. 65, a. 3, ad 2; De Malo, q. 2, a. 2.
[342] Ibíd., ad 3.
[343] N. 1735.
[344] Ibíd., 2352; cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Iura et bona, sobre la eutanasia (5 mayo 1980), II: AAS72 (1980), 546. Juan Pablo II, criticando la categoría de «opción fundamental», reconocía que «sin duda pueden darse situaciones muy complejas y oscuras bajo el aspecto psicológico, que influyen en la imputabilidad subjetiva del pecador»: Exhort. ap.Reconciliatio et paenitentia (2 diciembre 1984), 17: AAS 77 (1985), 223.
[345] Cf. Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, Declaración sobre la admisibilidad a la sagrada comunión de los divorciados que se han vuelto a casar (24 junio 2000), 2.

jueves, 19 de abril de 2018

Discernimiento de las situaciones llamadas «irregulares»[325] (296-300)



296. El Sínodo se ha referido a distintas situaciones de fragilidad o imperfección. Al respecto, quiero recordar aquí algo que he querido plantear con claridad a toda la Iglesia para que no equivoquemos el camino: «Dos lógicas recorren toda la historia de la Iglesia: marginar y reintegrar [...] El camino de la Iglesia, desde el concilio de Jerusalén en adelante, es siempre el camino de Jesús, el de la misericordia y de la integración [...] El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre y difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero [...] Porque la caridad verdadera siempre es inmerecida, incondicional y gratuita»[326]. Entonces, «hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones, y hay que estar atentos al modo en que las personas viven y sufren a causa de su condición»[327].

297. Se trata de integrar a todos, se debe ayudar a cada uno a encontrar su propia manera de participar en la comunidad eclesial, para que se sienta objeto de una misericordia «inmerecida, incondicional y gratuita». Nadie puede ser condenado para siempre, porque esa no es la lógica del Evangelio. No me refiero sólo a los divorciados en nueva unión sino a todos, en cualquier situación en que se encuentren. Obviamente, si alguien ostenta un pecado objetivo como si fuese parte del ideal cristiano, o quiere imponer algo diferente a lo que enseña la Iglesia, no puede pretender dar catequesis o predicar, y en ese sentido hay algo que lo separa de la comunidad (cf. Mt 18,17). Necesita volver a escuchar el anuncio del Evangelio y la invitación a la conversión. Pero aun para él puede haber alguna manera de participar en la vida de la comunidad, sea en tareas sociales, en reuniones de oración o de la manera que sugiera su propia iniciativa, junto con el discernimiento del pastor. Acerca del modo de tratar las diversas situaciones llamadas «irregulares», los Padres sinodales alcanzaron un consenso general, que sostengo: «Respecto a un enfoque pastoral dirigido a las personas que han contraído matrimonio civil, que son divorciados y vueltos a casar, o que simplemente conviven, compete a la Iglesia revelarles la divina pedagogía de la gracia en sus vidas y ayudarles a alcanzar la plenitud del designio que Dios tiene para ellos»[328], siempre posible con la fuerza del Espíritu Santo.

298. Los divorciados en nueva unión, por ejemplo, pueden encontrarse en situaciones muy diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas sin dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral. Existe el caso de una segunda unión consolidada en el tiempo, con nuevos hijos, con probada fidelidad, entrega generosa, compromiso cristiano, conocimiento de la irregularidad de su situación y gran dificultad para volver atrás sin sentir en conciencia que se cae en nuevas culpas. La Iglesia reconoce situaciones en que «cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación»[329]. También está el caso de los que han hecho grandes esfuerzos para salvar el primer matrimonio y sufrieron un abandono injusto, o el de «los que han contraído una segunda unión en vista a la educación de los hijos, y a veces están subjetivamente seguros en conciencia de que el precedente matrimonio, irreparablemente destruido, no había sido nunca válido»[330]. Pero otra cosa es una nueva unión que viene de un reciente divorcio, con todas las consecuencias de sufrimiento y de confusión que afectan a los hijos y a familias enteras, o la situación de alguien que reiteradamente ha fallado a sus compromisos familiares. Debe quedar claro que este no es el ideal que el Evangelio propone para el matrimonio y la familia. Los Padres sinodales han expresado que el discernimiento de los pastores siempre debe hacerse «distinguiendo adecuadamente»[331], con una mirada que «discierna bien las situaciones»[332]. Sabemos que no existen «recetas sencillas»[333].

299. Acojo las consideraciones de muchos Padres sinodales, quienes quisieron expresar que «los bautizados que se han divorciado y se han vuelto a casar civilmente deben ser más integrados en la comunidad cristiana en las diversas formas posibles, evitando cualquier ocasión de escándalo. La lógica de la integración es la clave de su acompañamiento pastoral, para que no sólo sepan que pertenecen al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, sino que puedan tener una experiencia feliz y fecunda. Son bautizados, son hermanos y hermanas, el Espíritu Santo derrama en ellos dones y carismas para el bien de todos. Su participación puede expresarse en diferentes servicios eclesiales: es necesario, por ello, discernir cuáles de las diversas formas de exclusión actualmente practicadas en el ámbito litúrgico, pastoral, educativo e institucional pueden ser superadas. Ellos no sólo no tienen que sentirse excomulgados, sino que pueden vivir y madurar como miembros vivos de la Iglesia, sintiéndola como una madre que les acoge siempre, los cuida con afecto y los anima en el camino de la vida y del Evangelio. Esta integración es también necesaria para el cuidado y la educación cristiana de sus hijos, que deben ser considerados los más importantes»[334].

300. Si se tiene en cuenta la innumerable diversidad de situaciones concretas, como las que mencionamos antes, puede comprenderse que no debía esperarse del Sínodo o de esta Exhortación una nueva normativa general de tipo canónica, aplicable a todos los casos. Sólo cabe un nuevo aliento a un responsable discernimiento personal y pastoral de los casos particulares, que debería reconocer que, puesto que «el grado de responsabilidad no es igual en todos los casos»[335], las consecuencias o efectos de una norma no necesariamente deben ser siempre las mismas[336]. Los presbíteros tienen la tarea de «acompañar a las personas interesadas en el camino del discernimiento de acuerdo a la enseñanza de la Iglesia y las orientaciones del Obispo. En este proceso será útil hacer un examen de conciencia, a través de momentos de reflexión y arrepentimiento. Los divorciados vueltos a casar deberían preguntarse cómo se han comportado con sus hijos cuando la unión conyugal entró en crisis; si hubo intentos de reconciliación; cómo es la situación del cónyuge abandonado; qué consecuencias tiene la nueva relación sobre el resto de la familia y la comunidad de los fieles; qué ejemplo ofrece esa relación a los jóvenes que deben prepararse al matrimonio. Una reflexión sincera puede fortalecer la confianza en la misericordia de Dios, que no es negada a nadie»[337]. Se trata de un itinerario de acompañamiento y de discernimiento que «orienta a estos fieles a la toma de conciencia de su situación ante Dios. La conversación con el sacerdote, en el fuero interno, contribuye a la formación de un juicio correcto sobre aquello que obstaculiza la posibilidad de una participación más plena en la vida de la Iglesia y sobre los pasos que pueden favorecerla y hacerla crecer. Dado que en la misma ley no hay gradualidad (cf. Familiaris consortio,34), este discernimiento no podrá jamás prescindir de las exigencias de verdad y de caridad del Evangelio propuesto por la Iglesia. Para que esto suceda, deben garantizarse las condiciones necesarias de humildad, reserva, amor a la Iglesia y a su enseñanza, en la búsqueda sincera de la voluntad de Dios y con el deseo de alcanzar una respuesta a ella más perfecta»[338]. Estas actitudes son fundamentales para evitar el grave riesgo de mensajes equivocados, como la idea de que algún sacerdote puede conceder rápidamente «excepciones», o de que existen personas que pueden obtener privilegios sacramentales a cambio de favores. Cuando se encuentra una persona responsable y discreta, que no pretende poner sus deseos por encima del bien común de la Iglesia, con un pastor que sabe reconocer la seriedad del asunto que tiene entre manos, se evita el riesgo de que un determinado discernimiento lleve a pensar que la Iglesia sostiene una doble moral.

[325] Cf. Catequesis (24 junio 2015): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 26 de junio de 2015, p. 16.
[326] Homilía en la Eucaristía celebrada con los nuevos cardenales (15 febrero 2015): AAS 107 (215), 257.
[327] Relación final 2015, 51.
[328] Relatio synodi 2014, 25.
[329] Juan Pablo II, Exhort. ap. Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 84: AAS 74 (1982), 186. En estas situaciones, muchos, conociendo y aceptando la posibilidad de convivir «como hermanos» que la Iglesia les ofrece, destacan que si faltan algunas expresiones de intimidad «puede poner en peligro no raras veces el bien de la fidelidad y el bien de la prole» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 51).
[330] Ibíd.
[331] Relatio synodi 2014, 26.
[332] Ibíd., 45.
[333] Benedicto XVI, Diálogo con el Papa en la fiesta de los testimoniosVII Encuentro Mundial de las Familias en Milán (2 junio 2012): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 10 de junio de 2012, p. 12.